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El relámpago humano

Jamaica logró su independencia hace poco más de medio siglo. La isla del ron y de la caña de azúcar para los británicos, hoy se afianza como destino playero y da a conocer su nombre al mundo a través de dos formas de cultura popular; la música y el deporte. El ska y, fundamentalmente, el reggae nacieron en Jamaica y la imagen de Bob Marley ha sido adoptada como símbolo de esta isla caribeña. Pero existe un pilar fundamental para llevar el perfil de Jamaica al mundo, tiene lugar cada cuatro años y son los Juegos Olímpicos. Concretamente es su prueba reina; el atletismo.

De las 77 medallas que los atletas jamaicanos han obtenido en citas olímpicas 76 han sido en la pista de tartán. Y la velocidad es la reina de todas las salsas. Hay diferentes teorías. Hay quien dice que es por la climatología. Hay quien asegura que se debe a la mezcla histórica de razas en la isla. Y hay quien lo achaca a los maravillosos planes de entrenamiento importados de Estados Unidos y al apoyo del dinero público.

Usain Bolt es el icono de un país nacido para la velocidad. “El relámpago humano” ha roto todas las previsiones de técnicos, especialistas y antropólogos y ha llevado los 100 metros lisos a un nivel superior. Su retirada supone el fin de una hegemonía y la inmediata búsqueda de un icono que supere unas marcas que parecen venidas del más allá.

A Bolt, como a Blake, Powell, Campbell o Ann-Fraser, lo captaron en la escuela y se lo llevaron a un centro de alto rendimiento con los mejores instructores nacionales y extranjeros. La selección natural existe, pero en Jamaica se prepara a los niños para ser estrellas del atletismo.

Con una zancada descomunal y con 1’96 metros de altura, Bolt se inició corriendo los 200 metros, pero Glen Mills (su entrenador) le obligó a competir en el hectómetro. A pesar de tener una pierna más larga que otra y una escoliosis que le hacía ser carne de lesiones continuas, Mills sabía que si era capaz de cuidar su cuerpo, compensar la diferencia de piernas en la pisada y ponerse recto rápidamente en la salida, sus zancadas mucho más largas le permitirían obtener registros descollantes.

Ese era el plan para los Juegos Olímpicos de Pekín de 2008. Pero Bolt nunca había ganado un 100. Ni siquiera había conseguido una medalla en un campeonato.

Se llevó el oro y batió el récord del mundo. 9’69”. No sólo consiguió ganar. Arrasó. Dejó de correr en los últimos metros e hizo que nos preguntáramos a cuánto podría llegar. Cambió la velocidad para siempre. La había llevado a nuevos límites. Un hombre alto podía ser fisiológicamente veloz. Del mismo modo que los hombres de más de dos metros que tiran triples cambiaron el baloncesto, Bolt cambió el atletismo. ¿Qué marca podría lograr? ¿Cuál era el límite?

En plenitud física y psíquica, Bolt se plantó en los mundiales del año siguiente celebrados en Berlín dispuesto a destrozar sus plusmarcas (también había batido el récord de 200 metros, aunque este exprimiéndose al máximo). Todo lo que hizo en aquel campeonato fue prodigioso. Pero no sólo en cuanto a marcas. Su sencillez, su sonrisa, su alegría. Esa manera de disfrutar impulsó el atletismo entre los niños y adolescentes en un momento en el que sólo se hablaba de dopaje.

Bolt voló aquella tarde veraniega de agosto. 9’58’’. Lo primero es la salida. Debido a la altura, como hemos dicho extraordinaria para un velocista, es en la salida de tacos donde el jamaicano tenía el mayor hándicap. Normalmente comenzaba las carreras en los vagones traseros para ir seccionado a sus rivales con el paso de los metros. El día del récord la salida de Bolt fue correcta, similar a la de Tyson Gay, manteniendo un perfecto ángulo recto entre tobillo, rodilla y hombro, generando la fuerza idónea en las rodillas al salir de los tacos.

Esa arrancada permitió que con el primer y segundo paso Bolt adelantase a sus rivales. A los 20 metros ya iba liderando la prueba. A partir de ahí todo fue mucho más fácil. Corrió a 37,6 km/h con una velocidad punta de 45 km/h. Pista rápida y viento favorable (0,9 m/s), dentro de la legalidad. Tuvo la capacidad de mantener la velocidad punta durante casi 70 metros cuando lo normal para un atleta de 100 es conservar ese esfuerzo máximo en unos 45-50 metros. Una barbaridad.

Y lo mejor de todo se produjo en el sprint final. Bolt se mantuvo con la cabeza erguida y con el cuerpo perfectamente erecto cuando el ácido láctico ataca a las piernas y los corredores pierden la postura necesitando la ayuda de los riñones para impulsarse. Usain entró en meta de forma majestuosa, totalmente erguido y únicamente girando el cuello a su izquierda para buscar el marcador electrónico y cerciorarse de la maravillosa marca que había logrado. 9’58’’.

Y una cosa más. También tuvo la suerte de tener grandes rivales que le obligaron a exprimirse y llegar al cénit. Sin una némesis no hay esfuerzo supremo. Aquel día cinco atletas bajaron de 10 segundos. Tyson Gay fue segundo con un increíble 9’71”, por entonces la tercera mejor marca de todos los tiempos tras las dos alucinantes acometidas de Bolt. Y hasta cinco velocistas consiguieron bajar de la decena de segundos.

Cuatro días después competía en 200 metros y lo volvió a hacer. 19’19”. Bárbaro. Se había tardado 22 años en batir el récord de Michael Johnson y Bolt lo hizo dos veces en apenas 12 meses. Primero en Pekín y luego en Berlín.

Por todo esto 60.000 gargantas corearon su nombre durante media hora tras su última carrera celebrada en el Mundial de Londres. No pudo acabar. Un tirón le impidió concluír su último baile. Llevaba nueve años consiguiendo victoria tras victoria. Pero a nadie le importaba. Tocaba rendir pleitesía al “relámpago humano”.


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