Cuando Franco prohibió el atletismo en España (el extraño caso de Jordi Torremadé)
Los restos de los obuses y la metralla todavía impregnan las fachadas de los edificios de Madrid, Barcelona y otras grandes urbes. En el campo no hay dinero para fertilizantes y se siembra sin red de seguridad. La política autárquica dispara la inflación, provoca una bajada de los salarios y las insuficientes cartillas de racionamiento son complementadas con el mercado negro y el estraperlo. Miseria, muerte y pensamiento único, podría ser el resumen.
“Madrid era el fantasma de una ciudad, una desolación de perros y tranvías, con la Cibeles recién desvendada, como una momia, la Puerta de Alcalá como un pecho de piedra y de metralla, carteros muertos en las esquinas y la derrota comiendo de sí misma, en los solares, entre los gatos y los perros que desayunaban muerte y cenaban fusilado a media noche, bajo la luna grande del miedo”; así describía el escritor Francisco Umbral sobre el Madrid de 1941. “España, en la actualidad, está en peores condiciones que nunca antes en su historia. El gobierno es miserable, no hay comida, medio millón de personas están en la cárcel y un ejército enemigo se halla en la frontera. Esta situación obliga a la gente a pasar el tiempo en mórbidas reflexiones sobre sus infortunios y les impide tomar decisiones y actuar”, relatará el embajador británico Samuel Hoare en carta escrita a Winston Churchill en ese 1941.
En las cárceles la comida que se servía día sí y día también era caldo de nabos podridos. Inmunda, pero no mucho mejor que la de millones de hogares de la época que hacían maravillas con hierbas cocinadas con sal. En provincias como Córdoba hubo más muertos de hambre en ese 1941 que fusilados durante toda la Guerra Civil. Hay estudios que señalan que, en 1941, cuando los nazis estaban en su cénit, las calorías que los alemanes daban a sus presos eran superiores a las que consumía un español medio. Hambre, debilitamiento, desnutrición, enfermedad y muerte.

Ocurre que había otra España. Una parte de la sociedad que compraba zapatos, iba al cine, adquiría productos farmacéuticos, tomaba café con pastas e iban los fines de semana a un restaurante. Los había que tenían una villa con jardín en el barrio del Guinardó y un piso de techos altos, con ascensor de rejas y portero en la entrada en el ensanche barcelonés. Esa gente podía hacer cosas que se tornaban inimaginables para la época. Sucesos que entonces podrían ser concebidos como diabólicos. Sucesos que hoy nos parecen inconcebibles dado que jamás hubiésemos pensado que podrían haber sucedido en la oscuridad de la España de 1941.
Una operación de cambio de sexo.
El 9 de enero de 1923 nacía en el hospital de Sant Pau de Barcelona una niña a la que sus padres llamaron María Amparo Rita. Su apellido era Torremadé, un burgués de la época de familia bien. El caso es que la madre no las tenía todas consigo cuando expulsó a su retoño, por lo que preguntó a la comadrona por el sexo del recién nacido. Es una niña, parece que afirmó la comadrona. No tiene vulva, parece que le contestó la madre. Tampoco tiene pene, replicó la comadrona. Y así quedó el asunto. El caso es que María Amparo Rita, en adelante María, tenía una gran inflamación en sus partes delicadas. Según los médicos la inflamación se iría sola y al venir su primera regla todo volvería a la normalidad.
El caso es que la abnegada madre le ponía lazos a la niña y la vestía con preciosas faldas, pero el asunto no arrancaba. A María la tildaban de marimacho y era siempre la primera en ser escogida por los niños para jugar un partido de fútbol en la escuela mixta en la que estudiaba antes de que estallase la Guerra Civil. A María le gustaban las chicas y, a pesar de su aspecto hombruno, parece ser que ligaba. Tenía labia y contaba que era un espía soviético que estaba de incognito y tenía que ir disfrazado para que nadie lo reconociese. Llevaba consigo una foto de un guapo aviador y las convencía de que ese era su verdadero yo. En todo caso, el asunto no pasaba de cuatro o cinco besos dado que la inflamación, que era bulto, pero nunca palo largo, seguía escondida debajo de una falda.
Total, que María hubo de liberar testosterona y le dio por hacer deporte. Tuvo la fortuna de ser mujer para librarse de ir al frente, y lo que hizo fue dedicarse por activa y por pasiva a romper récords. Y es que María Torremadé llegó a poseer al mismo tiempo todas las plusmarcas del atletismo femenino. Campeona de España de 100, 200 y 800 metros lisos además de campeona en salto de altura y salto de longitud. También practicó baloncesto y hockey hierba y en los 60 metros lisos además de plusmarquista española también fue europea. Sus éxitos le hicieron ser recibida por el presidente Lluís Companys en el Palau de la Generalitat poco antes de que el molt honorable fuese fusilado.

Poco después María Torremadé comenzó sus estudios universitarios (ya expliqué antes que era una chica de buena familia) y en un campamento del SEU (Sindicato Español Universitario) el bulto seguía sin ser palo al intentar ligar con una chica. Fue entonces cuando María sentó seriamente a sus padres a la mesa, les explicó que tenía 19 años y seguía sin saber lo que era una regla y que había que ir a un médico y cortar por lo sano. En caso de ser mujer aguantarse y seguir con un pendiente en cada oreja. En caso de ser hombre, coger bisturí y arreglar el asunto.
El padre de la criatura hubo de mover Roma con Santiago. No existía Irene Montero y la legislación no contemplaba de manera alguna un cambio de sexo. Hubo jaleo de papeles, visitas a los juzgados, desnudos públicos para cerciorarse de que el bulto era un bulto y no un palo, unos cuantos ceros menos en el banco y al final María Torremadé pasó por quirófano para convertirse en Jordi Torremadé. La cuestión técnica era calificada como Síndrome de Morris y consiste en una alteración genética ligada al cromosoma X donde las células son insensibles a los andrógenos, provocando que personas genéticamente masculinas se desarrollen físicamente como mujeres.
Aquello se silenció porque el papá de Torremadé tenía buenos contactos en la prensa. Pero, claro, María Torremadé era una atleta famosísima y parecía que se la había tragado la tierra. Hubo de ir a vivirse durante unos meses a casa de unos tíos. Allí estuvo entrenándose para ser hombre. Se movía con brusquedad, contestaba con palabrotas y aprendió a hacerse el nudo de la corbata. Un día, cuando se sintió seguro, decidió ir al encuentro de algún conocido y, al darse cuenta de no haber sido reconocido, convino que era el momento de empezar una nueva vida. A ello ayudó al carácter extrovertido de Torremadé, quién nunca sintió vergüenza por lo sucedido mientras que era su interlocutor el que saltaba del susto.
Lo primero que hizo fue ir junto a su padre y pedirle dinero. El progenitor le dio carta blanca durante un año finalizado el cual tendría que sentar la cabeza y ponerse a trabajar. Durante ese año lujurioso, Jordi Torremadé decidió recuperar el tiempo perdido a base de juergas, cabarets y sexo desenfrenado. Al final el bulto ya era palo.
Tarde o temprano el asunto tendría que estallar. Fue el diario Informaciones el que a inicios de 1942 daba cuenta del cambio de sexo de María Torremadé. No fue un escándalo, dado que desde la Sección de Prensa se decide acallar el griterío. Con todo, la bomba ya había sido lanzada.
Para las élites franquistas, el papel de la mujer había de ceñirse exclusivamente a las tareas del hogar. Pilar Primo de Rivera, fundadora de la Sección Femenina de la Falange, escribía artículos donde afirmaba con rotundidad que “lo más importante es la educación de la mujer como madre”, formarles “una conciencia basada en la doctrina de Cristo y en nuestras normas Nacional-Sindicalistas para que sepan distinguir claramente en cada momento el bien del mal”. La escuela estaba empapada de clericalismo y todo se impartía en base al dogma católico.
¿Cómo compaginar esto con un cambio de sexo en el año 1941?
La Delegación Nacional de Deportes, bajo la presión de la Sección Femenina de Falange, decide a través de decreto ley prohibir la práctica deportiva del atletismo femenino. A Jordi Torremadé, por su parte, se le prohibirá practicar cualquier deporte como hombre durante un año. Todas las marcas de María Torremadé pasarán a desaparecer de los registros oficiales a perpetuidad.
Jordi Torremadé siguió con su vida. De hecho, llegó a ser campeón de Cataluña de 100 metros masculinos. En 1952 contrajo matrimonio con Catalina Pons Bofill tras haber sido desheredado por su padre, quien se negó al enlace. Emigró a Paris donde trabajó como comercial en una multinacional hasta su jubilación cuando volvió a Barcelona. Vivió felizmente casado hasta fallecer de un paro cardiaco camino de las ocho décadas de vida.

La vida no fue tan agradable para las mujeres que querían ser atletas. Fueron 20 años de prohibición. Desde 1943 a 1963 ninguna mujer pudo saltar una valla, correr 800 metros o lanzar un martillo en una pista de atletismo. Aquella España de 1963 ya era muy diferente de la de 1943 y el clamor social logró cambiar una ley con dos décadas de vida.
Los récords de Torremadé serán pulverizados por una chica nacida en 1955, ocho años antes del fin de la prohibición. Carmen Valero fue la primera mujer en representar a España en atletismo en unos Juegos Olímpicos amen de lograr dos oros en mundiales de campo a través. Pero antes de eso Carmen Valero tuvo que realizar un examen del Servicio Social de Falange para demostrar sus habilidades de costura. Sólo así pudo inscribirse como atleta a pesar de ser, según el presidente de la Federación Española de Atletismo de la época, culona y pechugona.
Justo como le gustaban al bueno de Torremadé.
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